Cuando le pregunto a alguien qué sabe hacer bien, casi siempre responde con su cargo. Cuando le pregunto cómo decide, se queda callado. No porque no sepa, sino porque nunca ha tenido que explicarlo.
La maldición de saber demasiado
Después de suficientes años, el criterio deja de sentirse como criterio. Se vuelve intuición, y la intuición no se documenta. Ves un problema y sabes en treinta segundos por dónde va la cosa. Alguien con menos recorrido tardaría semanas en llegar ahí, si es que llega.
Ese salto es exactamente el activo. Y es exactamente lo que nadie escribe, porque a quien lo tiene le parece evidente.
Lo obvio para ti es revelador para quien viene detrás.
Cómo se recupera
No se recupera pidiéndole a alguien que escriba un libro. Se recupera preguntando. Preguntas específicas, incómodas, repetidas: por qué decidiste así, qué hubiera pasado si no, qué te hizo cambiar de opinión aquella vez.
Ahí aparecen los principios. No como teoría, sino como algo que ya usas todos los días sin nombrarlo.
Si quieres empezar por tu cuenta, haz una sola cosa esta semana: cada vez que tomes una decisión que a otro le costaría, anota en una línea por qué la tomaste así. En un mes vas a tener el borrador de tu propio método.
¿Y si lo que sabes fuera tu próximo activo?
Todo lo que escribo aquí nace del trabajo de extraer, estructurar y publicar conocimiento. Elige por dónde seguir.